#12M12R, #TanitDribs, Relatos

Una última vocal. Una última consonante.

Una sonrisa, un saludo, una mirada confidente. Charlas sin llevar a ningún sitio, salvo el conocerse mutuamente. Kilómetros andados, huevos encubados, miradas cómplices producto de los puntos en común. Andar como pingüino, maravillarse con los misterios del universo, conocidos aquí y allá. Un montón de papas, unas cuantas películas.

Un beso tímido, un beso anhelado, otro demandante y uno más con nuestras ropas desperdigadas por el suelo. Me deleito con cada centímetro de piel pálida. Saboreo sus texturas, los pliegues que conforman la anatomía de tu ser. Aspiro tu perfume corporal, extraño pero agradable. 

Eres el reflejo fiel de aquello con lo que ha sido complicado conectar. He andado por carreteras imposibles buscando aquello que me ha sido proveído sin haberlo esperado. Has llegado de improviso, provocando felicidad y placer. No ha habido ese cosquilleo del que todos hablan, sino solo paz, interrumpida por el ominoso recuerdo del pasado, uno que no libera.

Sueños perdidos, ilusiones brumosas. Una ciénaga de momentos por vivir convertida en un cementerio de lo que podría ser. ¿Es esto un autosabotaje? ¿O es solo indecisión?  ¿Miedo? ¿Gozo? ¿Placer? Muchas preguntas, pocas respuestas. Tomar decisiones es difícil, aventurarse a correr riesgos lo es aún más. La felicidad es efímera, el gozo se esfuma. Pero el anhelo sigue ahí. 

Y ahora, ¿qué hago yo con todo esto?

“Este relato participa en el Reto anual: 12 meses 12 Relatos 2021 organizado por De aquí y de allá by TanitBenNajash

Nota del autor:

Originalmente salieron más de 1,500 palabras para este relato. Pero tras una larga revisión, decidí que era demasiado personal para compartirlo aún. Quizá en unos años pueda liberar el Mauricio Cut, but who knows.

Gracias por leer, comentar y compartir.

Relatos

Puntos fijos en el tiempo

Los puntos fijos en el tiempo son momentos en el continuo espacio-tiempo en el que se establecen los eventos en piedra y nunca, nunca pueden cambiar, no importa qué.

The TARDIS Datacore

Hay puntos fijos en todo el tiempo donde las cosas deben quedarse exactamente de la manera que son. Éste no es uno de ellos, esta es una oportunidad. Pase lo que pase aquí va a crear su propia línea de tiempo, su propia realidad, un punto de inflexión temporal. ¡El futuro gira en torno a ti, aquí y ahora, para hacer el bien!

Doctor Who

Llegas a un punto en el que, por algún motivo inexplicable pero a la vez lleno de lógica te preguntas cómo comenzó todo. La respuesta a ello está llena de variables. Así que decides partir del cliché con la esperanza de no llegar a él. Los recuerdos comienzan a surgir. Es la víspera de Halloween. Un hola fue suficiente, un nosotros te vamos a apoyar. Eran cuatro y al final sólo quedó uno, quien resultó ser el mejor.

Actúas como haces con toda la gente nueva que se cruza por tu vida: ignoras todos y cada uno de sus aspectos, ya sean físicos o intelectuales. Ese bloqueo mental que te impide hacer nuevas amistades a la primera. Porque le temes al cambio. Así que día a día los ignoras, por mucho que estén frente a ti. Les das unas cuantas ordenes, les deseas suerte, una sonrisa de compromiso y a volar. Eres amable, sí, pero no vas más allá de eso. No vale la pena, te dices.

Pasa el tiempo y te das cuenta que él se va volviendo el líder. Es con quien te diriges, a quien empiezas a darle cierto poder y está bien. Y no será la primera vez que eso suceda. Hay cierto magnetismo en su forma de actuar, en sus expresiones y en la forma en cómo dice las cosas. Ese magnetismo lo vuelve un líder nato, piensas.

Y luego llega el primer punto fijo. El primer chispazo, aunque quizá no te das cuenta de ello.

Afuera llueve y tú estás aburrido, pues debiste haber salido de ahí dos horas atrás, o algo así. Pero no. Ella, tu amiga, tiene mucho trabajo pendiente aún, y ambos no se sienten a gusto como para dejarla sola ahí. Es prejuicioso y lo saben, pero por algún motivo no le tienen confianza a ninguno de ellos, pero tampoco es que ellos se abran mucho hacia nosotros.

Empieza a sonar música de su celular. Suena Panic! at the Disco y luego sigue Paramore, y después llegan al punto que te hace levantar la mirada y pasar de ser el pseudo jefe al chico divertido que sueles ser. “¡My Chemical Romance!”. Sí, él puso a tu banda favorita, sin saberlo, como música de fondo. Le sonríes y empiezan a hablar de música. Como primer avance es bueno. Sonríes por ello. Acabas de romper la primer barrera. Ahora ya no es un niñito cualquiera con pinta de vándalo, ahora es alguien con quien tienes algo en común.

Decides ser más flexible. Dejas de ser frío y comienzas a ser amable con él, con todos. Ahora sabes que es el líder de los cuatro. Te diriges a él y solo a él. Comienzan a conocerse, lentamente, sí, pero no hay problema con ello. Ya habrá tiempo para que lo conozcas, ¿sabes? Y no te arrepentirás de ello.

La normalidad, la rutina, el trabajo y las ganas de salir de ahí se convierten en algo diario. Todo sigue su ritmo, y en tu vida hay alguien más, o eso quieres creer. Te llevas bien con el tipo. Salen al café, al cine, a beber alcohol y escuchar música que detestas pero que comparten por algún motivo estúpido, tan estúpido como todo lo que forma parte de nuestras vidas. Pero no estás a gusto. Sabes que es un intento de amistad, con un plus. Un plus que tampoco te llena, no te satisface. Toman un paseo nocturno en coche al ritmo de Zoe, a las afueras de la ciudad, y todo acaba entre ustedes. Y entonces llega la paz. Efímera, pero la encuentras y te embulles en ella.

Llega la época festiva. Las luces de colores y los adornos invaden la ciudad, y en tu lugar se empiezan a adecuar al espíritu festivo. Deciden que es buena idea festejar con ellos y a ellos. Un festejo solo para ustedes, los jóvenes rebeldes que día a día aportan su grano de arena para levantar ese lugar. Todos están reunidos en la mesa, comiendo, bebiendo, charlando y deseando que el siguiente año todo sea felicidad y éxitos.

Y llega el segundo punto fijo en el tiempo.

Está sentado frente a ti. Aún recuerdas vagamente su playera a rayas y su suéter, su mirada perdida, una ligera incomodidad en su rostro, debido quizá a que aún los conoce muy poco. Su compañero de aventuras está a su lado, con la misma incertidumbre en los ojos. Piensas que ambos están sorprendidos de formar parte de este gran grupo, casi familia. Sonríes y decides invitarlo a la plática, misma a la que se integra con cierta renuencia. Decides que te cae bien, que quieres hacerlo tu amigo. No lo haces de manera consciente, pero lo haces.

Hay algo lindo en él, de eso te das cuenta. Y te llama la atención. ¿Será su aparente inocencia? ¿O acaso esa sonrisa contagiosa? En una escala del 1 al 10 lo dejas en 2, siendo optmistas tal vez un 6. Pero muy dentro de ti una semilla acaba de ser plantada. No te das cuenta, y no sabes cómo ni por qué, solo te dejas llevar por el momento. Pero inmediatamente lo ignoras y dejas que tu vida siga su curso. La prueba: ellos se van y no te importa en lo absoluto. La música tiene un ritmo particular esa noche, y después no recordarás con exactitud lo ocurrido.

Y el tiempo prosigue, al igual que tú. Y conforme éste avanza, tú empiezas a ser considerado un amigo. Le tienes estima. Te cae bien y sabes que es responsable, así que vas depositando tu confianza en él.

El comienzo del año es difícil. Ves tus días pasar encerrado en ese lugar. Te sientes como un elfo doméstico. A veces ellos están ahí para ayudarte, a veces no. Y no te importa, pues las tardes son más divertidas con juegos de mesa y películas.

Los días siguen cayendo del calendario, y no recuerdas el cómo, no sabes con exactitud el cuándo, pero el tercer punto fijo en el tiempo llegó. Ahora son amigos, y lo sabes. Comienzan a compartir aficiones, experiencias, risas. Los otros tres te importan lo mismo que el crecimiento del pasto en tu jardín, pero él cada vez te cae mejor. Bromeas con él, haces travesuras con él, te quejas con él y haces muchas cosas con él. Sabes que has encontrado a un amigo nuevo, uno de esos que te hacen falta.

Un chico nuevo llega al lugar. Pequeño, indefenso, cabello bonito y más inocente de lo que su apariencia refleja. Tiene la misma edad que él. Vaya, hasta comparten el cumpleaños. Lo ves llegar e inmediatamente decides lanzártele, puesto que te recuerda a uno de los personajes de una serie que compartes con él. Y por él me refiero a tu él, así en cursivas. Y llegas al que crees es el cuarto punto fijo en el tiempo. “¿Crees que sea gay? Porque pienso que es muy guapo y lo quiero para mí.” Sí, así de ridículo sonaste, pero en su momento no te importó, puesto que él solo se burla de ti y te dice que es menor que tú, cómo puedes pensar eso. Pero después él se abre y afirma que es guapo.

Ambos sospechaban el uno del otro, y este chico nuevo los hizo sincerarse. Han llegado a una nueva etapa. Ahora saben que sus gustos van más allá de libros, música y películas. A ambos les gustan los chicos. Y eso es cool, lo sabes bien. Y entonces dos nuevos tópicos se unen a sus conversaciones; el primero: ¿quién se te hace guapo?, el segundo: esto es una cacería, y uno de los dos tiene que quedarse con el chico nuevo.

Es divertido acosarlo juntos. Este chico nuevo tiene tantas dudas. Y sabes aprovecharte de la situación. Y él también. Y todos se dan cuenta, pero les siguen el juego. Por que es divertido. Pero conforme pasan los días pierden el interés, como suele suceder con cosas que no valen la pena.

Y entonces él concluye su propósito inicial en el lugar, en su lugar. Te vez obligado a decirle adiós, junto a los otros, pero no lo haces como se acostumbra. La oportunidad se da, sabes que tienes que hacerlo. No solo por él, sino por los cuatro. Y aún así no lo haces, porque no quieres que se vaya, sin saber por qué.

Te vas de viaje por una semana. Guadalajara: amigos, internet de alta velocidad, conferencias sobre tecnología y por supuesto, sexo casual. Tienes que probar cosas nuevas, y esta es la oportunidad perfecta. Olvidas todo y a todos, y te diviertes como nunca. Aprendes muchas cosas nuevas. Conoces gente. Te pierdes en los aromas de la ciudad. Y sabes que estás pasando por un gran momento de tu vida. Lo que no sabes es que después de este viaje, tu vida tendrá un cambio radical, que si bien no es inmediato, en los siguientes meses se ira preparando para darte el golpe brutal.

Quinto punto fijo en el tiempo.

“Me gusta él”, te dice. Y piensas que es adorable, aunque el otro tipo, el cual es uno de los compañeros del lugar, no sea de tu completo agrado. “¡Woow, que cool! Deberías hablarle”. Y así lo alientas a hacer algo de lo que te arrepentirás con el tiempo. O tal vez no, es una cuestión confusa. Él te pide consejo, y tú como buen amigo lo auxilias. Y quizá haya ocasiones en que te lamentes por ello, pero en su momento te pareció una idea adorable. Él te cuenta sus desventuras, de sus efímeras citas con el otro sujeto, y tú solo asientes y lo ignoras. No es un tema que te importe, pero lo escuchas porque es tu amigo, y los amigos deben escucharse el uno al otro.

Pero las cosas no funcionan entre ellos, y ves como él se da golpes de pecho por ello. Te das cuenta de ello a través de las largas conversaciones nocturnas que mantienen. Y eso hace que el otro tipo te siga cayendo mal.

Durante tu ausencia en Guadalajara, un chico nuevo con pinta de hipster y bonita barba ha llegado para echar una mano. Tú, él y el chico nuevo se vuelven amigos, y las tardes son el momento ideal para estar hablando de chicos, de sexo y de planes a futuro. Los tres son hombres, de edades tan dispares, pero mantienen una cercanía y una confianza que con el tiempo se desvanecería, pero no por falta de interés (o eso quieres creer) sino porque la situación no lo permite.

Llega tu cumpleaños, y el ser egocéntrico que vive dentro de ti es feliz por ello. Pero te das cuenta de que algo falta. Todos en tu lugar te felicitan y te abrazan, a pesar de que odias los abrazos; y por algún motivo, muy en el fondo, te preguntas porque él es el único que no te dio tu abrazo de cumpleaños. Sabes que los odias, pero quieres que él te abrace. Y te quedas con las ganas.

Retrocedes en tus recuerdos. Te has adelantado un poco. Es julio y conociste a alguien. Un chico demasiado Hufflepuff para tu gusto, pero te cae bien y te parece genial. Forjas inmediatamente una camaradería con él. Buenos días, buenas tardes y buenas noches. Salidas y muchas pláticas. Te sientes feliz un poco y presumes de ello con tus amigos, con él.

Pero la felicidad, por algún mandato divino, te es efímera nuevamente. Y a pesar de que ya no lo ves, no te sientes mal por ello. Tomas vacaciones y fangirleas con tus obsesiones.

Y llegaste al punto de no retorno. Aquel que estuvo germinando sin que te dieras cuenta, y había surgido el primer fruto de ello: el sexto punto fijo en el tiempo.

Vacaciones: una semana donde una vez más te olvidaste de todo y de todos. Cambiaste tu corte de cabello, delegaste responsabilidades y volviste con una actitud renovada. Te pregunta que por qué no lo visitaste en esa semana, y solo respondes que no ibas a pasar tus vacaciones en el lugar. Aún así sabes que extrañaste hablar con él, y fue lo único que extrañaste del lugar.

Pasan las tardes y por algún motivo no ardes en deseos de ir a tu casa y procrastinar, pues es más divertido estar con él. Y si acaso se te ocurre querer irte antes, él te pide lo contrario. Y eres feliz con ello. Y son amigos y está bien. Y hablan de tonterías y está bien. Y se cuentan cosas que no le dirían a nadie más y está bien. Y lo más importante de todo: tú estás bien. Te quedas por él, y empiezas a hacer cosas por él, y está bien. Es tu amigo, tu confidente, alguien que forma parte de tu vida.

Y llega una tarde, en la que tú estás aburrido como una ostra. Has acabado con tus deberes del día y solo esperas que den las 3 en punto para irte y seguir teniendo una vida común y corriente. Y luego entra él dirigiéndote una enorme sonrisa, y sientes algo que no has sentido en mucho tiempo.

Un subidón de adrenalina. Una llamarada de fuego corroe tus entrañas. Todo tú eres inexplicablemente feliz. Y esto sucede en el lapso de un segundo, tal vez dos. Porque inmediatamente te sacas de onda y sabes que no está bien, que no es correcto. A tu mente viene el dilema que Harry tiene respecto a Ginny, pero ésta vez lo sientes más cercano, y comienzas a comprender la complejidad del mismo. Te recriminas a ti mismo. Empiezas a auto-negarte. Tratas de darle vuelta a la hoja y olvidar el asunto, lográndolo con un relativo acierto. Pero sabes que ya no hay vuelta atrás, pues el séptimo punto fijo en el tiempo te ha alcanzado.

Él te cuenta de como le va con el otro tipo, quien ahora definitivamente te cae mal, y sabes el por qué (aunque no lo aceptas): porque no sabe lo que se está perdiendo con él. Lo aconsejas mientras le tiras mierda al otro tipo, y él te recrimina por ello. “Lo siento” es todo lo que dices, sabes que es una disculpa sincera, pero no por el otro tipo, sino porque no quieres verlo sufrir. Decides que él tiene que seguir su camino.

Llega un evento grande, una obra teatral en la que todos participamos en la organización, y el otro tipo llega con alguien más y tú estás tranquilo con ello. Pero hay personas que no saben leer una habitación, y donde manda capitán no gobierna marinero, así que el otro tipo y él se ven obligados a reservar una mesa. Te enteras de ello y un terrible monstruo lanza un rugido de furia desde tu estomago. Sabes que son celos, pero los ignoras, los niegas.

La noche se pasa rápidamente, y tienes dudas sobre lo que pasó durante el tiempo en que ellos estuvieron solos. Quieres saberlo, pero no sabes cómo. Ignoras el tema y vuelves a meterte la idea de olvidarlo. Sigues pensando que no es correcto.

En los últimos días hay algo de lo que ambos hablan. Una película, un libro, un actor. Y comparten su primer película juntos. Has dado un paso más, pero casi lo arruinas por impuntual. Y luego él viene con que le contaron spoilers de la película, y te sientes defraudado por ello, pues deseabas descubrir los secretos del filme en su compañía.

En el camino de regreso del cine hablan del otro tipo por petición tuya. Él te dice que todo quedo atrás, que no hay nada entre ellos y ya no lo habrá, y le fiera que salió a relucir en el pasado ahora es un manso gatito ronroneante. Purr purr purr. Y algo nuevo surge en ti esa noche.

Y tu vida adquiere nuevos matices: te quedas hasta tarde, platicando y riendo con él. Sweet Disposition suena de fondo y te sientes über cool con todo lo que te rodea. Te vuelves en algo más que un amigo, te vuelves en su confidente. Y eso te llena como nunca.

Y todo está bien y en orden hasta que llegas al octavo punto fijo en el tiempo. Una noche previa a un evento en el lugar hablabas de los planes que tienes para el mismo. Ambos saben que estarán de cacería, y te divierte el concepto de cazar en su compañía. Habrá muchos hombres, algunos guapos, algunos feos y algunos otros vestidos de mujer, pero eso no te importa, pues él estará a tu lado. Llegado el momento ambos concuerdan sobre uno en particular, y él te anima a ligártelo, pero tú estás más divertido en su compañía y dices no. Él te reta y tú te niegas. Entonces él se lanza, y a partir de ahí todo cambia para ti. Admiras su coraje para lanzarse así como así a un completo desconocido. Y el completo desconocido lo invita a sentarse con él, y sabes que cumplió su meta.

Pero en el momento en que él lo acompaña, la bestia despierta una vez más, y está vez está colérica. En cuestión de segundos pasas de estar divertido a estar completamente enojado. Abandonas el lugar y buscas refugio. Alejarte de él y pensar las cosas con perspectiva. Pero no puedes, porque te estás muriendo de celos, celos que no deberían de existir, celos que tratas de convencerte que son propios de la amistad. Celos, celos y más celos.

Al siguiente día, tras una pizza y algo de melancolía aceptas al fin algo que con anterioridad pensabas que quizá fuera solo un capricho, una idea absurda. Ese domingo llegaste al noveno punto fijo en el tiempo, el primero que decides tomar de manera consciente.

Él, tu ayudante, quien pensabas que era un vago, que poco a poco se fue ganando tu amistad, quien te hacia reír y pasar las tardes. Lo aceptas al fin. Es difícil y lo sabes, duele y lo sabes, pero lo anhelas sacar a la luz y lo haces. ÉL TE GUSTA. Y eso te hace sentir feliz y triste al mismo tiempo. ¿Qué pensará de mí ahora? ¿Qué pasará si le digo?

Haces un primer acercamiento esa misma noche. Hablas como si nada con él, y en medio de la conversación un tanto insustancial hablas de regalarle un libro por su décimo octavo cumpleaños, algo que sabes que valorará. Y es feliz con ello. Y tú con él.

Y empiezas a ser detallista. Llevas Nutella, hot cakes, le haces halagos y lo alientas a descubrir y aceptar sus fortalezas y debilidades. Y cada que él te regala una sonrisa tu eres inmensamente feliz. A veces metes la pata y haces cosas con las que él, quizá de broma o no, no está a gusto. Y eso te hace sentir mal y querer buscar la forma de solucionar eso y sacarle una sonrisa. Porque sus sonrisas te llenan y te hacen ser feliz de una forma que no considerabas capaz de sentir.

Y día a día te sientes consumir por el deseo. No un deseo físico, sino espiritual, emocional. Solo quieres abrazarlo y tenerlo a tu lado. Su aroma se vuelve una adicción para ti. Su forma de hablar, de moverse, de expresar lo que siente y piensa es un deleite para tus sentidos. Te imaginas saliendo con él, te dan ganas de presumirlo a todo mundo, y cuando tienes la oportunidad lo haces. Porque eres feliz estando a su lado y la gente se da cuenta de ello. Ardes por hacerlo tuyo. Pero no puedes, pues él no sabe que tú te mueres por su ser. Y eso empieza a ser un problema.

Te ahogas lentamente en ello que la necesidad de revelarlo se vuelve acusante y dolorosa. Le dices a ella, tu amiga en el lugar. No esperabas la respuesta que te dio, o tal vez sí. Y sabes que tiene razón. Te gusta, y no porque sea obvio, sino porque es lo más lógico.

Y comienzas a tener esperanza.

Y día a día lo ves. Lo sientes tan cerca, tan lejos. Y duele. Duele mucho. Pero aún no llegas al punto culminante, solo sabes que el momento de la verdad se acerca.

Desde que aceptaste tus sentimientos por él solo estuviste tú a su lado. Había halagos de ambas partes, hablaban de muchas cosas. Incluso una vez él te lamió y tú casi lo mordiste, todo en una actitud de juego. Pero llegó un nuevo mes, y en el volvió el otro sujeto, de quien creías ya no volver a ver por el lugar. Y él fue el catalizador de todo evento posterior.

Halloween había vuelto. Un año de conocerlo y vivir tantas cosas juntas. Y él te lo recuerda. “Nunca me hiciste mi despedida”. No sé que responder a ello, o sí lo sé pero no quiero decirlo, no aún. Y luego el otro tipo, quien en tu fuero interno es un imbécil, entra en acción. Existe la expresión “anda tras él como mosquita muerta”, y vaya si lo definía completamente. ¿Pero qué podía hacer si nunca había revelado mis sentimientos hacia él? Esa noche lo dejé pasar. Fue un lapso terrible de celos pero tenía que pensar con perspectiva y actuar con madurez.

Y lo logré por un día más.

Y llegó el 3 de noviembre, donde nada volvió a ser igual, para tu mala suerte.

Décimo punto fijo en el tiempo.
Demasiado estrés, demasiadas actividades por un día, y la guinda en el pastel su abominable y despreciable presencia. Sí, la del otro tipo. Y eso jodió todo. Deseaba que mi confesión fuera algo especial, en algún lugar bonito, con la música adecuada. Generar un entorno favorable. Un café, un parque. Algo que fuera tan especial y tan valioso como él lo es para mí.
Pero soy un idiota. Media cajetilla de cigarros, cuatro copas de vino tinto y una actitud nada amigable se convirtieron en los elementos que adopté esa noche. Y luego digo que el imbécil es otro. Le pedí que me acompañara porque tenía algo que decirle, pero no tuve las agallas en esa ocasión. Pasaron los minutos y tuve una segunda oportunidad, y en las escaleras decidí hablar.

“-Creo que voy a meter la pata, como siempre. Pero quiero decirte algo. Quiero contarte por qué nunca te despedí cuando tu servicio a mi cargo se acabó, contarte por qué me quedo hasta tarde contigo, por qué el otro tipo me cae mal.”- respiré y me senté a su lado. El silencio entre ambos era palpable, muy a pesar de todo el ruido por los festejos del evento de ese día. Me pellizqué la pierna y escupí mi secreto: “-Me gustas Omar. Un chingo. Y no como amigo.-” Él se rió y me abrazó, lo cual me confundió. “-Lo sé Mau. Pero este no es el momento. ¿Podemos hablar de ello mañana?”.

Y acepté.

Y el mañana se volvió una tortura. No tuve la oportunidad de verlo ni de hablar con él, cuando estaba en mi lista de prioridades. Ese día me bajó la presión y devolví tanto el desayuno como la comida. Me sentía agobiado, aterrado y terriblemente nervioso. No dormí en la noche, y mis pensamientos sólo lo abarcaban a él.

Llegó el miércoles y con el el onceavo punto fijo en el tiempo.

Él estaba ahí. Y también había un elefante en la habitación con nosotros1. Así que me apoyé en esa metáfora para comenzar a hablar, para revelarle mis sentimientos, para ser honesto de una vez por todas. Conté a grandes rasgos toda esta historia que he escrito, añadiendo detalles donde eran necesarios, parafraseando algunas cosas. Él me habló de sus miedos, de las ventajas y las desventajas que habría si nos dábamos la oportunidad. Y yo ingenuamente tuve esperanzas.

Esa plática concluyó de la forma más mortal posible. Un beso. Uno que me llevó al cielo y al infierno al mismo tiempo. Hablamos por algo más de una hora, y el momento de decir adiós había llegado. Pero él se acercó a mí. “No tengo una respuesta para ti ahora, pero sí tengo esto para ti”. Y sus labios se acoplaron a la perfección con los míos. Su aliento era delicioso, y su forma de besarme me cautivó, provocando que diera lo mejor de mí en ese beso. Mis manos buscaron sus hombros para acércalo más y más a mí, y él respondió favorablemente. Después nuestras frentes quedaron pegadas una a la otra, y el beso terminó.

“¿Sí?” Me preguntó.
“Sí”, le respondí.

Nos abrazamos, un abrazo intenso, confidente. “Ay Mau, Mau, Mau”. Reí para mis adentros. “Omar, Omar, Omar”. Y escondí mi cara en su cuello, pues el momento era genial, hermoso incluso. Aspiré su aroma, más intenso en su cuello. Comencé a besarlo, hasta llegar nuevamente a sus labios, labios que me recibieron como a un viejo amigo. Y nuestro beso se reanudó, más fuerte que el anterior. Mi lengua recibió permiso para entrar a su boca, al igual que la suya en la mía. Nuestra respiración era agitada. Nuestras manos buscaban unirnos más y más.

Un ruido nos separó. Algo asustados fingimos reanudar nuestras actividades. Mientras yo recogía mis cosas él se hizo un café. Aguardé. Y por tercera ocasión en ese día nos volvimos a besar, pero si el segundo fue intenso, éste lo fue aún más. Terminamos pegados al refrigerador de la cocina, pues todo su cuerpo temblaba, sobre todo sus piernas. Nuestras manos exploraban el cuerpo del otro, buscando no separarnos, uniendo nuestras formas a la perfección.

Esa noche me sentí como nunca. Feliz, satisfecho, con ganas de seguir explorando sus labios, su mente y su cuerpo.

Pero el destino nunca ha sido mi amigo.

No lo vi al otro día, pero no me desanimé por ello. Y al siguiente de ese le regalé unos chocolates. Verlo sonrojarse me hizo feliz. A pesar de mis deseos por tener sus labios de nuevo junto a los míos, esto no fue posible. No quería apresurar las cosas. A lo largo de esa semana intenté salir con él, pero el trabajo en nuestro lugar es demandante, y esto no fue posible. Sin embargo, yo no desistí.

Él vale la pena el riesgo.

Pero una semana después de nuestro beso, supe que algo iba mal. Ese día me sentía mal, y esperaba que él lo notará. Si lo hizo no fue tan notorio, incluso pudiera decir que fue nulo. Eso me molestó y le reclamé por ello. Algo de lo que al otro día me arrepentí. Después vino un concierto, al cual habíamos prometido ir juntos, en tiempos en que él seguía en desconocimiento de lo que me hacía sentir. Nunca me confirmó su presencia al mismo, a pesar de que sí fue. Esa noche fue la primera vez que lloré por él.

Al día siguiente yo asistí al lugar. Deseaba ver la película de ese día y conocer a su director de paso. Él actuó normal. Pero solo por un rato. Cuando todos se fueron era obvio que yo solo estaba ahí por él, pero él me ignoró y lo mismo hice yo. Las cosas se fueron de mi control y terminé con la sentencia de que algo entre nosotros no podía ser, que lo mejor era seguir siendo amigos.

Él no dijo nada.

Y no lo vi por semana y media.

Y el doceavo punto fijo en el tiempo fue un punto en que las lagrimas y la tristeza fueron mis acompañantes.

Yo odiaba verlo, porque estaba enojado con él. Pero no podía estar enojado con él. Y muchos me preguntaban si sabía acaso lo que le pasaba, puesto que actuaba distante, enojado, indiferente, dolido. Así que decidí que no me iba a rendir. En mis manos poseía unos tirantes que él me prestó para una fiesta, algo que guardaba como un tesoro entre mis pertenencias. Pero tenía que regresárselo, no porque él me lo hubiera pedido, sino porque era la ocasión perfecta para entregarle un chocolate y una nota, que en inglés decía:

“…and they say I’m a stupid for still wanting to be with you.
But you know what?
I don’t care.”

A partir de ese momento supe que no había vuelta atrás. Había llegado al treceavo punto fijo en el tiempo.

A esa declaración de intenciones le siguieron una tarjeta confesando que para mí él es un chico muy atractivo; un cuaderno de viajes -acompañado de lapicero y lápiz- un chocolate y un poema de mi autoría. Ante estos dos él me regalo la más grande de sus sonrisas, y me agradeció por ello, tanto virtual como personalmente.

Mi amiga me ayudó con el cuarto detalle. Mediante engaños lo llevó a la sala de nuestro lugar, le entregó una tarjeta donde le decía que ya había pasado mucho tiempo desde la última vez que le dije que me gusta mucho.

Y cuando las luces se apagaron, el show dio comienzo.

One Direction y Teen Wolf fueron mis aliados en esta ocasión. Le hice un video, que conjuntaba sus dos cosas favoritas en el mundo, contando una historia, misma que se puede leer a lo largo de todas estas páginas. Espero que haya captado el mensaje tras ello. Cuando llegué con él, no se percató de mi presencia. Me encontraba atrás de su lugar y vi como entonaba con pasión la canción, que sabía de memoria. Cuando ésta llegó al punto decisivo (el coro a cargo de Zayn Malik) me acerqué a él, lo abracé y le canté al oído:

“Ive never had the words to say,
But now I’m askin’ you to stay
For a little while inside my arms,
And as you close your eyes tonight,
I pray that you will see the light,
That’s shining from the stars above.”

Al concluir esa parte, me coloqué a su lado y lo tomé por los hombros, y él recostó su cabeza en el mío. El video concluyó y supe que más que gustarle le había encantado. Se tapó la cara con las manos, y la oscuridad de la sala nos brindó el ambiente perfecto para un abrazo, pero yo me atreví a más y lo besé. Un beso tranquilo, que me respondió. Y ambos salimos sonriendo de ahí.

Y fui feliz por un día más.

Luego volví a joderlo todo. Y supe que me estaba auto-engañando una vez más. Le pedí que fuera mi acompañante en cierto evento nocturno. Su excusa fue bastante obvia, pero mantuve la esperanza de que eso cambiara. No lo hizo. Y esa noche exploté, a tal punto que me lastimé las manos (conservando aún la pequeña cicatriz por ello), rompí uno de mis zapatos, aflojé una banca y cojeé por un par de días. Necesitaba golpear cosas.

Prometí olvidarme de él todo ese fin de semana. Emborracharme y no verlo. Pero fallé en ambos aspectos. Lo busqué solo para decirle, una vez más, que es el chico más atractivo que he visto. Y a pesar de que lo intenté, la cerveza no tuvo efecto alguno en mí.

¿Por qué me hace sentir todo esto? He conocido a muchos hombres en el poco periodo de mi existencia, así que no me considero un experto en el tema, pero a pesar de ello, la interrogante persiste: ¿qué lo hace a él tan especial para ponerme de este modo?

Mi tiempo terminaba. Ambos lo sabíamos. El catorceavo punto fijo en el tiempo nos alcanzó.

Decidí concluir todo en la cima del lugar. Un campanario nos vio sentarnos a admirar el paisaje bajo nuestros pies. Hacia viento. “No me vas a tirar, ¿verdad?”. Nos reímos de su estúpido comentario. Tenía planes para él, me sentía optimista al respecto, a pesar de todo. Le adelanté su regalo de navidad: un colguije de un lobo con un triskelion, el emblema de hombres lobo de Teen Wolf, del que él se quedaría con una copia y yo con la otra, pero no se lo dije. Él es el alpha, y yo el omega.

Aproveché la oportunidad para reafirmar lo que él ya sabía: que estoy completa, honesta y conclusivamente enamorado de él.

Y después de mes y medio desde que fui honesto, él decidió hacer lo mismo. O algo así. Y supe fingir muy bien. Lo tomé con calma. Escuché lo que tenia que decirme. Acepté que él me viera como un amigo, que no sintiera lo mismo que yo siento por él. Sabía el riesgo y lo tomé.

Por última vez tomé sus manos. Por última vez pude verlo a los ojos con pasión. Por última vez pude aspirar su delicioso aroma, y deleitarme con su juvenil atractivo. Por última vez lo besé. Un beso tranquilo, de despedida.

Y juntos decidimos que seríamos amigos, que trataríamos de volver a los viejos tiempos. Nada de ignorarnos, solo hacer como que nada pasó.”El mundo no es una fábrica de conceder deseos”, recuerdo que alguna vez lo mencionó. Y muchos dicen que hay bastantes peces en el mar para escojer, pero como él me dijo, eso no es lo que quiero escuchar, porque ambos sabemos que lo que siento por él es algo honesto e intenso. Es la primera vez que me enamoro de esta manera. Ahora trataré de no quererlo de la manera en que lo hacia. Y no es bonito ni está bien. Sé cómo se siente respecto a mí, y eso es liberador, pero no por ello deja de dolerme.

Y muchos conocen a Mauricio o a Mauro, aquel que es sarcástico, egocéntrico, divertido, obsesionado con sus fandoms, distraído, torpe, locuaz; pero solo él pudo sacar a Mau de muy adentro de mí, el que es detallista, que le gustan los abrazos, el que ve el mundo con arco iris y siempre piensa positivo y le gusta hacer feliz a la persona que le encanta.

Me gusta un chingo este dude. Estoy jodido como nunca antes. Él es mi Summer, y yo soy un simple Tom, pero cuando uno ama a alguien, es un placer dedicarle tiempo. Esperaría cien vidas por vivir una a su lado. Soy un hombre que ha caído en la estupidez más grande: estoy enamorado. No puedo evitar verlo y querer quitarle su tonta sonrisa a besos. Aún así le adoraré como lo hacía en mi mundo de sueños ideales. Porque olvidar lo que siento por él será sin duda difícil y doloroso, pero lo haré con gusto si eso me devuelve a su lado.

Este es el quinceavo punto fijo en el tiempo, aquel en el que digo su nombre, en el que busco dejar todo atrás y comenzar de nuevo.

Esta es la historia de Mauricio, aquel que se enamoró de Omar.

#12M12R, #TanitDribs, Relatos

Un rasguño en tu hombro

Hay un rasguño en tu hombro, el cual te lastima profundamente.

Tu corazón se encoge. Quieres volverte más sabio, pero no sabes cómo hacerlo.  ¿Podrás ordenar todo el desmadre que provocaste en tu interior?

Caminas, cruzando la nieve. ¿Es nieve? No, es un ruido blanco, llenando la oscuridad en la que habitas. Y puedes ver la sombra que te aleja de él. Su silueta larga, de hombros anchos y espalda recta. Cada paso tuyo hacia él es un paso suyo alejándose de ti. Estás bien enculado con él, pero nunca dirigió una mirada hacia ti.

Recuerdas los momentos de desesperación, aquellos en los que te arrastrabas implorando una migaja de atención, de cariño. Te desvives por ello, arrancando pedazos de tu corazón con cada poema mal escrito y cada fotografía tomada a escondidas.

Te desahogas con quien te preste un segundo de atención. Escribes sin tener idea alguna de lo que sientes. Las noches son largas, la música es triste. Piensas en la meta, te desvives por ella. Si logras cumplirla, ¿te estará viendo?

Andando descalzo, pasas sobre cientos de flores mortuorias, y casi sin notarlo, avanzas guiándote con la luz de una vela sostenida en la palma de tu mano. Sangre comienza a salir por tu nariz, ignorando como ésta cae en el fuego levantando una leve humareda que se mezcla con el ruido de fondo. Estás rodeado de gente, pero sus rostros son difusos. Has aprendido a ignorarlos para dejarte llevar por la obsesión que está frente a ti.

Y todos caminan tras de ti, alzando sus brazos, buscando atraerte hacia ellos y alejarte de quien posee una larga vida. Y aunque logran tirarte ante las flores, tú arrojas la vela, quemando todo aquello que esté sobre ella. El dolor de las llamas es nada comparado con el que provoca su indiferencia. Sigues arrastrándote, dejando tras de ti caos y destrucción para los tuyos. 

Y das un paso hacía él. Él da un paso lejos de ti. En tu cabeza suena y parece correcto, quieres amarlo demasiado. Quieres ser el indicado, aquel que lo ame. Pero te has estado mintiendo. No quieres estar bien. Tu corazón te aprieta, te martiriza y supura pus y dolor. No te has vuelto más sabio. De todas las cosas que has querido, en verdad no deberías tener esta.

Y hay un rasguño en tu hombro.

“Este relato participa en el Reto anual: 12 meses 12 Relatos 2021 organizado por De aquí y de allá by TanitBenNajash

Nota del autor:

Nuevamente me inspiro en sucesos de mi vida para poder sacar adelante este relato. Quienes me conozcan, sabran perfectamente este suceso. Y fue divertido sacar el relato adelante. Pese a que tuve bastante tiempo para hacerlo, como buen mexicano decidí dejar todo atrás y comenzar a redactarlo a última hora. Pero creo resultó en algo honesto y cuidado.

Además, resultó mucho más sencillo crear la historia inspirandome en la canción Foundation de Years & Years.