#12M12R, #TanitDribs

Un tiro entre ceja y ceja

Alguna vez escuché por ahí la teoría de que en una buena historia, el protagonista tiende a abrir los ojos. Suena ridículo, claro, más si quien lo afirmo no profundizó en su idea. Los talleres de literatura suelen estar llenos de un variopinto grupo de participantes, con distintos grados de conocimiento sobre la misma, pero ya fuera en sentido literal o figurado, estuve de acuerdo con aquella premisa. Y claro, esta es la historia de cómo abrí los ojos.

Mi largo idilio amoroso con Marco solo podía terminar de una forma: con un agujero entre ceja y ceja. Una decisión drástica, pero claro, no te he compartido el contexto. Verás, en su momento el bato llegó oportunamente a mi vida, pues me encontraba en la cúspide del éxito laboral, económicamente estable, físicamente envidiable y con una soledad desesperante. El amor es ciego y fui lo bastante obtuso para no darme cuenta de sus intenciones. Era amable, cariñoso, sensual y logró llenar los vacíos de mi existencia (entre otros lugares que también supo rellenar).

Pero entre más se sube, más se baja. Y no hay mayor bajada en la vida humana en general que un Apocalipsis. Cortes en la energía eléctrica global, exposición de las criaturas sobrenaturales que poblaban nuestras fantasías, rebeliones ante el capitalismo y un invierno nuclear producto de las explosiones atómicas fueron motivos suficientes para mandarnos como sociedad al carajo. Y el primero en huir y poner su trasero bajo resguardo no fue precisamente mi persona. En cuanto comenzaron los problemas fui el primero en desear refugiarme en un lugar aislado, lejos de todo privilegio y seguro con los medios provistos por la siempre amable naturaleza, pero la simple perspectiva de abandonar las comodidades humanas fueron suficiente motivo para que Marco huyera con el primer hombre adinerado con rumbo directo a uno de esos lujosos refugios anti Apocalipsis creados para la elite mundial.

Con el corazón destrozado, deambule cual Hobbit en la Tierra Media, siempre procurando mi bienestar, resguardándome de la lluvia y no quedándome demasiado en un sitio, iniciando así mis reencuentros con el idiota anterior.

El primero de ellos, claro, cuando los ricachones de su refugio se mataron unos a otros por ver quién tenía los huevos más grandes en un mundo independiente del yugo financiero. Arrastrándose imploró mi ayuda bajo la suave extorsión de los buenos viejos tiempos, y como amante de la nostalgia, lo acepté. Ingenuo fui, pues las costumbres son difíciles de dejar atrás y así como me aferré a los recuerdos del pasado, se aferró él a la espalda de un motorista que recorría las derruidas carreteras en este fin de los tiempos.

Con los años aprendí a rememorar su existencia con los caminos de mi nómada vida, idealizándolo como hicieran Bella y el Aviador con sus respectivos Edward y Principito. Esa idealización logró mi supervivencia. Y cada que me sentía listo para continuar sin él, emergía del mundo de los sueños hacía el plano material. Ya fuera con otro grupo de sobrevivientes, ya fuera huyendo de una horda de mutantes nucleares, siempre regresaba a mis brazos, atormentándome pues me era imposible rehuir de él. Secretamente anhelaba esos reencuentros, pues me sentía más vivo que nunca cuando las lagrimas caían de mí con cada una de sus partidas.

Pero así como huía de mí en cada oportunidad otorgada por el destino, así comenzó a huir de mis sueños. Primero dejó de responder a mis largos monólogos, después dejó de visitarme en mis sueños. Abandonó cada recoveco de mi mente pese a las muchas puertas mentales abiertas en su búsqueda. No podía concentrarme en seguir, pues el motor para continuar no estaba a la vista. Me encerré en mí mismo en medio de la nada, maldiciendo la extinción humana y la falta de psicólogos para atender la extinción de mi alma. 

No supe en qué momento el arma llegó a mis manos, pero cuando estuvo ahí sabía qué hacer. Había dejado de cazar animales, pues estos fueron las primeras víctimas de la polución. Estuve deambulando por un tiempo. Las caras de los pocos en vivir reflejaban cansancio, pues cualquier esperanza se había esfumado con los rayos del sol. Mi expresión, sin embargo, contrastaba con las suyas, pues había encontrado un nuevo motivo para dar cada paso. Quedaba una solo opción, un solo tiro, matar o morir, lo que la paciencia brindara primero.

El bosque dio paso a la carretera, y esta se convirtió en las ruinas de una ciudad olvidada tiempo atrás. Parecía apropiado morir en donde nací, cerrar el ciclo y trascender a la otra vida. Quizá por ello no me sorprendió verlo nuevamente ahí, en medio de la nada. Había saboreado por tanto tiempo este último reencuentro que no me permití disfrutarlo como debía, pues antes de poder regocijarme en ese placer, mi idiota favorito ya decoraba con su sangre los cimientos destruidos del edificio donde compartimos ideales y anhelos.

Dicen que el mundo se construyó para dos, que solo merece la pena vivir si alguien te quiere, y bueno baby, ahora tú lo haces. Me despido de tus grandes brazos, del recuerdo de nosotros borrachos viendo las estrellas, tomo el arma que cargabas hace unos minutos atrás y canto nuevamente para ti.

“Este relato participa en el Reto anual: 12 meses 12 Relatos 2021 organizado por De aquí y de allá by TanitBenNajash

Nota del autor:

No pude evitar referenciar una de mis canciones favoritas de Lana del Rey. Kudos a quién capte la no tan sútil referencia.

Gracias por leer. Se agradecen los comentarios.

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