#12M12R, #TanitDribs, Relatos

Rituales de humo

–¿Y estás seguro de que no nos va a pasar nada?– pregunté, con el miedo asomándose en mi tono.

–Qué va a pasar algo. Te juro que lo que pasaba en la película era de a mentis, al final ni se morían.– dijo Fernando, mientras tomaba uno a uno los fetiches que trajimos Silvia, Araceli, Ricardo y yo.

La idea inicial era reunir a tres o a siete personas (según la película vista por Fernando, esos números eran poderosos), pero Ricardo y Araceli escucharon nuestros planes y decidieron unirse a nuestro malvado plan. Era la kermés bimestral en la primaria José María Morelos y Pavón. El atardecer se aproximaba y muchas personas se habían retirado ya de la escuela, pues era sábado por la tarde y seguramente los padres de familia no pensaban ni dejar a sus hijos ni pasar toda una tarde encerrados en la escuela.

Nosotros nos cocinábamos aparte. Eramos el grupito de los inteligentes, los bien portados, aquellos que no rompen un plato. Quizá por eso mismo pasamos desapercibidos al dirigirnos al salón de usos múltiples de la escuela, una construcción ya desde años en obra negra. Abandonada y solo usada en raras ocasiones, pero aún así, sin la seguridad básica que aporta una puerta funcional.

Desde que Fernando viera esa película, cuyo nombre ahora no recuerdo, le había obsesionado la idea de jugar a la Ouija. Con el paso de los años bastó solo un poquito de cultura para darnos cuenta de que aquello no tenía nada que ver en realidad con el famoso juego de invocar espíritus. O quizá sí, en su muy particular manera.

Velas, sal y un largo mantel blanco fueron los primeros artilugios colocados en el frio piso de concreto del salón. Enorme como una catedral, a los ojos de un niño de 7 años, el salón era húmedo, oscuro y provocaba un eco impresionante con el simple sonido de un cerillo siendo frotado para provocar la llama destinada a encender las velas, dando así inicio a nuestro particular ritual. Nuestra fechoría era simple: contactar con algún espíritu o ente y ver qué pasaba en realidad.

Emoción y terror nos embargaba a los cinco niños presentes. Araceli y Silvia temblaban y se tomaron de las manos, pero aún así se mostraban impacientes por ver a Fer terminando de encender las velas. Ricardo vaciaba torpemente una bolsa de sal alrededor nuestro, intentando formar un círculo con ella y fallando en el proceso. Por mi parte, solo veías sintiéndome algo impotente por no hacer nada más que frotar entre mis manos una figura de plástico, imitando pobremente la caracterización de un Power Ranger sobre el cuerpo de un luchador mexicano. Fer comentó lo importante que debía ser nuestro sacrificio, para que el ritual funcionara. Debíamos llevar un fetiche y encenderlo en fuego, para que el humo resultante atrajera a los espíritus.

–¿Están listos?– preguntó Fernando, nuestro peculiar sacerdote de piernas flacuchas y shorts arremangados.

Uno a uno ofrecimos nuestros fetiches. Silvia llevó un broche, Ricardo un coche de plástico grande y reluciente, Araceli una de sus Polly Pocket, Fernando un yoyo y a todo lo anterior se agregó mi Power Ranger. Los colocamos en un plato, no queriendo deshacernos de nuestros juguetes, pero a la vez curiosos de ver el acontecer de la magia oscura.

Fer les arrojó varios papeles, prendiéndoles fuego mientras nosotros nos tomábamos de las manos. Tardó bastante en querer agarra la llama, considerando la cantidad de plástico grueso y tóxico utilizado, pero el papel era el suficiente para mantener una llama y adentrarnos en la siniestra fantasía.

Por algún motivo nuestro ritual involucraba una baraja de cartas. Una a una fueron convocadas por su nombre, y el resto empezábamos a invocar un padre nuestro. Pese al calor de la tarde, del fuego y de las velas, todos los presentes estábamos tiritando, en una mezcla de frío y nervios. Solo podíamos vernos a los ojos, rezar sin sentir lo que orabamos, asustándonos con cada ruido extraño que fuera provocado. Carta a carta fue arrojada, y al no aparecer nada, Fer empezó a llamar al maligno por sus distintos nombres: –Oh Lucifer ven a mí, Satanás te invoco, escúchanos Belcebú, ¡pinche diablo, por qué no vienes!

Rompiendo con una sonora carcajada el nerviosismo de todos.

El fuego se apagó y entre risas nos quedamos platicando sobre lo estúpida que debió ser la película de Fernando, quien visiblemente molesto solo podía defenderse diciendo lo miedosos que fuimos los demás y culpando a nuestro miedo de la falta de demonios.

Salimos de dos en dos del salón, dando por perdidos nuestros juguetes y abandonándolos en el medio del lugar, y el rojizo atardecer nos recordó lo tarde que era y de cómo la noche era una oportunidad perfecta para continuar nuestras travesuras en la comodidad de nuestras casas.

“Este relato participa en el Reto anual: 12 meses 12 Relatos 2021 organizado por De aquí y de allá by TanitBenNajash

Nota del autor:

Uno de los motivos para inscribirme en el reto de este año era poder al fin escribir dos relatos que llevan años en mi cabeza con al menos dos de las consignas mensuales propuestas por Tanit. La primera, la del relato No hay un Desfile Negro, siendo no completamente lo que me había propuesto. La otra que competía por ser escrita al fin la tienen presente en este texto, fuertemente inspirado en un suceso de mi infancia.

Sin embargo, el final de mi relato tuvo un final feliz, caso contrario a los hechos reales, donde uno de mis amigos terminó con rasguños en toda la cara, posiblemente a causa de uno de mis amigos presentes, ya que ambos se quedaron hasta el final recogiendo y nos contaron a todos como al final un ente (muy similar a Freddy Krueger) se apareció y rasguñó a mi amigo. Bendita inocencia infantil.

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