#12M12R, #TanitDribs, Relatos

Reflejo verde

Frente al espejo veía la nada absoluta. Mi reflejo había desaparecido, pese a tenerlo devolviéndome la mirada. Simplemente mi mente había desconectado de mi cuerpo y me era imposible distinguir los delicados contornos de la realidad y la fantasía. Era como vivir bajo el efecto de un pan encantado, enmarcado bajo la terrible ausencia de sus placenteras sensaciones.

Deje de no observarme para recibir a la bruja que me ofrecía una copa de cristal. Sin pensarlo demasiado, la acepté y bebí el liquido verde, de un brillo agradable y perfumado con notas de menta, eucalipto y mejorana. Beberle me daba dos posibilidades: el éxito, o la caída. ¿Hacía que lado se inclinará la balanza? Me convencí de mi talento para considerarme digno de sus poderes, y tener así acceso completo a la libertad.

Sentía el fuego abrasador de la bebida, y poco a poco el reflejo en el espejo comenzó a adquirir forma. No era su reflejo de siempre, sino la versión idealizada de quién siempre fue. Le agradó ver la enorme cantidad de adjetivos con los que fantaseaba reflejarse en la mirada de su otro yo. Sin dudarlo, sabía que ese era su destino, y sabía que estaba solo a unos centímetros de alcanzarlo. Tenía que intercambiar lugares con ese otro él, y todo estaría resuelto para la posteridad.

Pero sus pies estaban atascados, y podía sentir cómo el resto de su cuerpo comenzaba a sufrir la misma parálisis. La bruja tomó asiento, y comenzó a reír junto a mi reflejo. “Otro fallo”, alcancé a escuchar.

Frente a mí pude observar cada momento no de mi vida vivida, sino de mi vida posible. Un cruel vistazo al cementerio de lo que podría ser, ahora definitivamente cerrado para mí. Que cruel, que horrible forma de perder. Tener un vistazo a aquello con lo que siempre soñé.

Una brisa movió ligeramente mi cabello. Mi cuerpo se relajó al fin. Cerró mis ojos, a la espera de lo inevitable. Mi reflejo me atravesó como un cuervo atraviesa la sombra de los árboles, y sin más, mi alma abandonó su cuerpo mortal, jamás testigo del bello horror reflejado con mi ultima expresión.

“Este relato participa en el Reto anual: 12 meses 12 Relatos 2021 organizado por De aquí y de allá by TanitBenNajash

Nota del autor:

Gracias por leer. Se agradecen los comentarios.

#12M12R, #TanitDribs

Un tiro entre ceja y ceja

Alguna vez escuché por ahí la teoría de que en una buena historia, el protagonista tiende a abrir los ojos. Suena ridículo, claro, más si quien lo afirmo no profundizó en su idea. Los talleres de literatura suelen estar llenos de un variopinto grupo de participantes, con distintos grados de conocimiento sobre la misma, pero ya fuera en sentido literal o figurado, estuve de acuerdo con aquella premisa. Y claro, esta es la historia de cómo abrí los ojos.

Mi largo idilio amoroso con Marco solo podía terminar de una forma: con un agujero entre ceja y ceja. Una decisión drástica, pero claro, no te he compartido el contexto. Verás, en su momento el bato llegó oportunamente a mi vida, pues me encontraba en la cúspide del éxito laboral, económicamente estable, físicamente envidiable y con una soledad desesperante. El amor es ciego y fui lo bastante obtuso para no darme cuenta de sus intenciones. Era amable, cariñoso, sensual y logró llenar los vacíos de mi existencia (entre otros lugares que también supo rellenar).

Pero entre más se sube, más se baja. Y no hay mayor bajada en la vida humana en general que un Apocalipsis. Cortes en la energía eléctrica global, exposición de las criaturas sobrenaturales que poblaban nuestras fantasías, rebeliones ante el capitalismo y un invierno nuclear producto de las explosiones atómicas fueron motivos suficientes para mandarnos como sociedad al carajo. Y el primero en huir y poner su trasero bajo resguardo no fue precisamente mi persona. En cuanto comenzaron los problemas fui el primero en desear refugiarme en un lugar aislado, lejos de todo privilegio y seguro con los medios provistos por la siempre amable naturaleza, pero la simple perspectiva de abandonar las comodidades humanas fueron suficiente motivo para que Marco huyera con el primer hombre adinerado con rumbo directo a uno de esos lujosos refugios anti Apocalipsis creados para la elite mundial.

Con el corazón destrozado, deambule cual Hobbit en la Tierra Media, siempre procurando mi bienestar, resguardándome de la lluvia y no quedándome demasiado en un sitio, iniciando así mis reencuentros con el idiota anterior.

El primero de ellos, claro, cuando los ricachones de su refugio se mataron unos a otros por ver quién tenía los huevos más grandes en un mundo independiente del yugo financiero. Arrastrándose imploró mi ayuda bajo la suave extorsión de los buenos viejos tiempos, y como amante de la nostalgia, lo acepté. Ingenuo fui, pues las costumbres son difíciles de dejar atrás y así como me aferré a los recuerdos del pasado, se aferró él a la espalda de un motorista que recorría las derruidas carreteras en este fin de los tiempos.

Con los años aprendí a rememorar su existencia con los caminos de mi nómada vida, idealizándolo como hicieran Bella y el Aviador con sus respectivos Edward y Principito. Esa idealización logró mi supervivencia. Y cada que me sentía listo para continuar sin él, emergía del mundo de los sueños hacía el plano material. Ya fuera con otro grupo de sobrevivientes, ya fuera huyendo de una horda de mutantes nucleares, siempre regresaba a mis brazos, atormentándome pues me era imposible rehuir de él. Secretamente anhelaba esos reencuentros, pues me sentía más vivo que nunca cuando las lagrimas caían de mí con cada una de sus partidas.

Pero así como huía de mí en cada oportunidad otorgada por el destino, así comenzó a huir de mis sueños. Primero dejó de responder a mis largos monólogos, después dejó de visitarme en mis sueños. Abandonó cada recoveco de mi mente pese a las muchas puertas mentales abiertas en su búsqueda. No podía concentrarme en seguir, pues el motor para continuar no estaba a la vista. Me encerré en mí mismo en medio de la nada, maldiciendo la extinción humana y la falta de psicólogos para atender la extinción de mi alma. 

No supe en qué momento el arma llegó a mis manos, pero cuando estuvo ahí sabía qué hacer. Había dejado de cazar animales, pues estos fueron las primeras víctimas de la polución. Estuve deambulando por un tiempo. Las caras de los pocos en vivir reflejaban cansancio, pues cualquier esperanza se había esfumado con los rayos del sol. Mi expresión, sin embargo, contrastaba con las suyas, pues había encontrado un nuevo motivo para dar cada paso. Quedaba una solo opción, un solo tiro, matar o morir, lo que la paciencia brindara primero.

El bosque dio paso a la carretera, y esta se convirtió en las ruinas de una ciudad olvidada tiempo atrás. Parecía apropiado morir en donde nací, cerrar el ciclo y trascender a la otra vida. Quizá por ello no me sorprendió verlo nuevamente ahí, en medio de la nada. Había saboreado por tanto tiempo este último reencuentro que no me permití disfrutarlo como debía, pues antes de poder regocijarme en ese placer, mi idiota favorito ya decoraba con su sangre los cimientos destruidos del edificio donde compartimos ideales y anhelos.

Dicen que el mundo se construyó para dos, que solo merece la pena vivir si alguien te quiere, y bueno baby, ahora tú lo haces. Me despido de tus grandes brazos, del recuerdo de nosotros borrachos viendo las estrellas, tomo el arma que cargabas hace unos minutos atrás y canto nuevamente para ti.

“Este relato participa en el Reto anual: 12 meses 12 Relatos 2021 organizado por De aquí y de allá by TanitBenNajash

Nota del autor:

No pude evitar referenciar una de mis canciones favoritas de Lana del Rey. Kudos a quién capte la no tan sútil referencia.

Gracias por leer. Se agradecen los comentarios.

#12M12R, #TanitDribs, Relatos

Hiperosmía no identificada

Nunca supe cómo definirlo, pero sí como identificarlo. La primera vez que percibí su aroma, supe a dónde me conduciría. Su porte me impresionaba, pues era un hombre que, con su simple postura, lograba remarcar su presencia en cualquier lugar. No era el más alto, tampoco el más guapo, sino del tipo de chico con quien uno se encuentra cómodo en su presencia. Esa cercanía me permitió identificarlo con simplemente olerlo. 

No de una forma incómoda, como acercarte groseramente a su cuello y esnifar como si fuera una mesa con rayas de cocaína, sino del modo sutil del café de llenar la cocina con su delicioso aroma. Gracias a dicha analogía pude reconocer mi fascinación por él. Podía encontrarme tranquilamente realizando mis deberes y saber de su presencia no por la vista ni tampoco por el oido, sino por el olfato. Una mezcla curiosa a elementos indefinidos y dispares de naturaleza y artificialidad. 

Busqué entre sus lociones y su jabón corporal al culpable de esa fragancia deliciosa, tratando de justificar mis sentimientos hacia él, pero nunca encontré a quién agradecerle. Simplemente era su ser completo quien me proveía de esa sensación de tranquilidad y deseo. 

Sufrí horrores cuando, a raíz de la pandemia, fui privado de percibir su esencia tras habernos contagiado en una de las múltiples salidas que, como rompes, teníamos por cumplir para abastecernos. Sin embargo, eso no impedía tenerme cada noche fantaseando con tenerlo cerca mío, sin cumplirlo como deseaba. 

No podía evitar compararme con una versión menos grotesca y quizá menos enferma que el tal Jean-Baptiste Grenouille, pero la idea de tener a ese hombre cerca mío, solo para tener su aroma más cerca, me obsesionaba. Traté de hacer un avance, un par de copas de vino, una noche de videojuegos y la camaradería por delante para poder abrazarlo, sentirlo y por qué no, olerlo. Vainilla, pino, loción de afeitar, vino tinto, plástico de cocina, algo de cloro, nueces, fresas… mentalmente repasaba cuantos elementos pudieran ser un punto de comparación para poder identificarlo, pero solo pude encontrar uno que se acoplara a lo que buscaba: Fernando, su nombre.

Era la única forma de definirlo correctamente. Saberlo e identificarlo pude proveerme de la paz anhelada por tanto tiempo, y fue inevitable sellar ese descubrimiento con un beso, propiciado en uno de esos múltiples brazos tras la espalda que nos dimos mientras nos machacábamos en el Smash.

Cruzar la barrera de no solo percibir su aroma, sino también saborearlo fue demasiado para mí, más aún tras descubrir lo bienvenido que eran mis labios, mis manos y mi cuerpo con ese beso.

–Miguel…

La mención de mi nombre me descolocó. Sonó más a afirmación que a un llamamiento.

–¿Sí?– pregunté mirándolo a los ojos y perdiéndome en ellos.

–Oh, nada. Una tontería, en realidad. Llevo meses tratando de descubrir a qué hueles y ahora lo descubro.

Ambos nos sonrojamos, y es entonces cuando reparo en el cambio de suavizante en mi ropa después de su ofrecimiento por lavarla, de sus intentos porque me probara sus outfits antes de su partida a su trabajo y de su interés por mis rutinas de cuidado corporal.

Continuamos besándonos, felices de descubrir al fin nuestras respectivas lociones favoritas.

“Este relato participa en el Reto anual: 12 meses 12 Relatos 2021 organizado por De aquí y de allá by TanitBenNajash

Nota del autor:

La hiperosmia es un trastorno poco frecuente en el que existe un aumento de la sensibilidad olfatoria, es decir, son personas con umbrales olfatorios inferiores a los normales. Normalmente se da en mujeres durante la menopausia y el embarazo, pero ya vimos como a los pobres de Fernando y Miguel también les dio.

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Rituales de humo

–¿Y estás seguro de que no nos va a pasar nada?– pregunté, con el miedo asomándose en mi tono.

–Qué va a pasar algo. Te juro que lo que pasaba en la película era de a mentis, al final ni se morían.– dijo Fernando, mientras tomaba uno a uno los fetiches que trajimos Silvia, Araceli, Ricardo y yo.

La idea inicial era reunir a tres o a siete personas (según la película vista por Fernando, esos números eran poderosos), pero Ricardo y Araceli escucharon nuestros planes y decidieron unirse a nuestro malvado plan. Era la kermés bimestral en la primaria José María Morelos y Pavón. El atardecer se aproximaba y muchas personas se habían retirado ya de la escuela, pues era sábado por la tarde y seguramente los padres de familia no pensaban ni dejar a sus hijos ni pasar toda una tarde encerrados en la escuela.

Nosotros nos cocinábamos aparte. Eramos el grupito de los inteligentes, los bien portados, aquellos que no rompen un plato. Quizá por eso mismo pasamos desapercibidos al dirigirnos al salón de usos múltiples de la escuela, una construcción ya desde años en obra negra. Abandonada y solo usada en raras ocasiones, pero aún así, sin la seguridad básica que aporta una puerta funcional.

Desde que Fernando viera esa película, cuyo nombre ahora no recuerdo, le había obsesionado la idea de jugar a la Ouija. Con el paso de los años bastó solo un poquito de cultura para darnos cuenta de que aquello no tenía nada que ver en realidad con el famoso juego de invocar espíritus. O quizá sí, en su muy particular manera.

Velas, sal y un largo mantel blanco fueron los primeros artilugios colocados en el frio piso de concreto del salón. Enorme como una catedral, a los ojos de un niño de 7 años, el salón era húmedo, oscuro y provocaba un eco impresionante con el simple sonido de un cerillo siendo frotado para provocar la llama destinada a encender las velas, dando así inicio a nuestro particular ritual. Nuestra fechoría era simple: contactar con algún espíritu o ente y ver qué pasaba en realidad.

Emoción y terror nos embargaba a los cinco niños presentes. Araceli y Silvia temblaban y se tomaron de las manos, pero aún así se mostraban impacientes por ver a Fer terminando de encender las velas. Ricardo vaciaba torpemente una bolsa de sal alrededor nuestro, intentando formar un círculo con ella y fallando en el proceso. Por mi parte, solo veías sintiéndome algo impotente por no hacer nada más que frotar entre mis manos una figura de plástico, imitando pobremente la caracterización de un Power Ranger sobre el cuerpo de un luchador mexicano. Fer comentó lo importante que debía ser nuestro sacrificio, para que el ritual funcionara. Debíamos llevar un fetiche y encenderlo en fuego, para que el humo resultante atrajera a los espíritus.

–¿Están listos?– preguntó Fernando, nuestro peculiar sacerdote de piernas flacuchas y shorts arremangados.

Uno a uno ofrecimos nuestros fetiches. Silvia llevó un broche, Ricardo un coche de plástico grande y reluciente, Araceli una de sus Polly Pocket, Fernando un yoyo y a todo lo anterior se agregó mi Power Ranger. Los colocamos en un plato, no queriendo deshacernos de nuestros juguetes, pero a la vez curiosos de ver el acontecer de la magia oscura.

Fer les arrojó varios papeles, prendiéndoles fuego mientras nosotros nos tomábamos de las manos. Tardó bastante en querer agarra la llama, considerando la cantidad de plástico grueso y tóxico utilizado, pero el papel era el suficiente para mantener una llama y adentrarnos en la siniestra fantasía.

Por algún motivo nuestro ritual involucraba una baraja de cartas. Una a una fueron convocadas por su nombre, y el resto empezábamos a invocar un padre nuestro. Pese al calor de la tarde, del fuego y de las velas, todos los presentes estábamos tiritando, en una mezcla de frío y nervios. Solo podíamos vernos a los ojos, rezar sin sentir lo que orabamos, asustándonos con cada ruido extraño que fuera provocado. Carta a carta fue arrojada, y al no aparecer nada, Fer empezó a llamar al maligno por sus distintos nombres: –Oh Lucifer ven a mí, Satanás te invoco, escúchanos Belcebú, ¡pinche diablo, por qué no vienes!

Rompiendo con una sonora carcajada el nerviosismo de todos.

El fuego se apagó y entre risas nos quedamos platicando sobre lo estúpida que debió ser la película de Fernando, quien visiblemente molesto solo podía defenderse diciendo lo miedosos que fuimos los demás y culpando a nuestro miedo de la falta de demonios.

Salimos de dos en dos del salón, dando por perdidos nuestros juguetes y abandonándolos en el medio del lugar, y el rojizo atardecer nos recordó lo tarde que era y de cómo la noche era una oportunidad perfecta para continuar nuestras travesuras en la comodidad de nuestras casas.

“Este relato participa en el Reto anual: 12 meses 12 Relatos 2021 organizado por De aquí y de allá by TanitBenNajash

Nota del autor:

Uno de los motivos para inscribirme en el reto de este año era poder al fin escribir dos relatos que llevan años en mi cabeza con al menos dos de las consignas mensuales propuestas por Tanit. La primera, la del relato No hay un Desfile Negro, siendo no completamente lo que me había propuesto. La otra que competía por ser escrita al fin la tienen presente en este texto, fuertemente inspirado en un suceso de mi infancia.

Sin embargo, el final de mi relato tuvo un final feliz, caso contrario a los hechos reales, donde uno de mis amigos terminó con rasguños en toda la cara, posiblemente a causa de uno de mis amigos presentes, ya que ambos se quedaron hasta el final recogiendo y nos contaron a todos como al final un ente (muy similar a Freddy Krueger) se apareció y rasguñó a mi amigo. Bendita inocencia infantil.

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Un rasguño en tu hombro

Hay un rasguño en tu hombro, el cual te lastima profundamente.

Tu corazón se encoge. Quieres volverte más sabio, pero no sabes cómo hacerlo.  ¿Podrás ordenar todo el desmadre que provocaste en tu interior?

Caminas, cruzando la nieve. ¿Es nieve? No, es un ruido blanco, llenando la oscuridad en la que habitas. Y puedes ver la sombra que te aleja de él. Su silueta larga, de hombros anchos y espalda recta. Cada paso tuyo hacia él es un paso suyo alejándose de ti. Estás bien enculado con él, pero nunca dirigió una mirada hacia ti.

Recuerdas los momentos de desesperación, aquellos en los que te arrastrabas implorando una migaja de atención, de cariño. Te desvives por ello, arrancando pedazos de tu corazón con cada poema mal escrito y cada fotografía tomada a escondidas.

Te desahogas con quien te preste un segundo de atención. Escribes sin tener idea alguna de lo que sientes. Las noches son largas, la música es triste. Piensas en la meta, te desvives por ella. Si logras cumplirla, ¿te estará viendo?

Andando descalzo, pasas sobre cientos de flores mortuorias, y casi sin notarlo, avanzas guiándote con la luz de una vela sostenida en la palma de tu mano. Sangre comienza a salir por tu nariz, ignorando como ésta cae en el fuego levantando una leve humareda que se mezcla con el ruido de fondo. Estás rodeado de gente, pero sus rostros son difusos. Has aprendido a ignorarlos para dejarte llevar por la obsesión que está frente a ti.

Y todos caminan tras de ti, alzando sus brazos, buscando atraerte hacia ellos y alejarte de quien posee una larga vida. Y aunque logran tirarte ante las flores, tú arrojas la vela, quemando todo aquello que esté sobre ella. El dolor de las llamas es nada comparado con el que provoca su indiferencia. Sigues arrastrándote, dejando tras de ti caos y destrucción para los tuyos. 

Y das un paso hacía él. Él da un paso lejos de ti. En tu cabeza suena y parece correcto, quieres amarlo demasiado. Quieres ser el indicado, aquel que lo ame. Pero te has estado mintiendo. No quieres estar bien. Tu corazón te aprieta, te martiriza y supura pus y dolor. No te has vuelto más sabio. De todas las cosas que has querido, en verdad no deberías tener esta.

Y hay un rasguño en tu hombro.

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Nota del autor:

Nuevamente me inspiro en sucesos de mi vida para poder sacar adelante este relato. Quienes me conozcan, sabran perfectamente este suceso. Y fue divertido sacar el relato adelante. Pese a que tuve bastante tiempo para hacerlo, como buen mexicano decidí dejar todo atrás y comenzar a redactarlo a última hora. Pero creo resultó en algo honesto y cuidado.

Además, resultó mucho más sencillo crear la historia inspirandome en la canción Foundation de Years & Years.

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No hay un Desfile Negro

I’m just a man, I’m not a hero
Just a boy, who had to sing this song

Welcome To The Black ParadeMy Chemical Romance

Todo es muy blanco, demasiado blanco hasta enceguecerte la vista. No tengo idea de dónde estoy ni por qué, pero supongo ya tendré tiempo para averiguarlo, pues por algún motivo en mi cabeza está la sensación de tener tiempo de sobra. Hay demasiada tranquilidad al grado de asustar a uno, por contradictorio que suene. Y sin embargo, espero.

Hago memoria. Muy bien, muy bien. Voy a contarte esta pequeña tragedia. Es de noche y voy por la calle con audífonos. No una buena idea, ya lo sé, pero qué se le va a hacer. Malos hábitos como ese llevan a uno a la perdición. El punto es: uno no se imagina su muerte de esa manera. Ya no se puede ir tranquilamente por la calle, dando saltos y bailando torpemente al ritmo de una canción para nada bailable. El yo de ese entonces es feliz, se deja llevar por la alegría del momento con la misma facilidad con la que un cuchillo corta mi carne. Spoiler alert! (Ya sabes a dónde va esto, de todos modos).

Pasa tan rápido que uno no puede procesarlo como es debido. Un golpe ahí, otro allá. Teléfono y posesiones varias me son arrancadas, entra cuchillo, salen las tripas (ok no) y entonces ya estoy hecho bolita en el piso. ¿Recuerdas esa escena de Scott Pilgrim tirado en el piso después de ser atravesado con una espada por Gideon Graves? Pues algo así, pero sin la hermosa edición, los brillantes efectos digitales ni el cartel de “Muerto” apuntando con una flecha sobre fondo negro. Y de la nada, ¡pum! Abres los ojos y encuentras puro color blanco alrededor. Y sí, por años uno se la pasa escuchando del bello cielo y la tranquilidad y bla bla bla, pero mi emo corazón estaba esperando ser rodeado de negro y con la lúgubre melodía de un jodido piano. Y el desfile, obviamente. ¡Ni siquiera está Gerard Way esperándome con una medalla!

Suspiro, me acomodo algunos mechones sueltos de mi enmarañado cabello y veo mi suéter favorito rajado a la altura del hígado. Pudieron haber hecho un arreglo con esto, ¿saben? Pienso en buscar un buzón de quejas y sugerencias, pero recapacito al pensar que al menos no me trajeron desnudo al viejo y apacible Más Allá.

Bueno, ahora sé cómo llegué aquí. ¿Cuál es mi propósito? Ni idea. ¿Lo descubriré? Tal vez. ¿Cómo iba la canción? Empiezo a tararearla en mi cabeza, pues la letra, misteriosamente, no llega a mí. La verdad me ha tomado por sorpresa la facilidad con que uno trasciende de un plano a otro. No hubo un vórtice en el tiempo o unas místicas escaleras mecánicas. Simplemente fue un abrir y cerrar de ojos, nada de burocracia angelical de por medio.

Camino, camino y camino, esperando encontrar algo o alguien. Por algún motivo continuo dando saltitos, como hiciera algunos minutos (¿Minutos? ¿Horas? ¿Años? La noción del tiempo es muy extraña aquí) atrás.

Pero me encuentro con la nada. No están Miedo ni Arrepentimiento, no hay una Madre esperando por mí. Ni siquiera el recuerdo de un padre ausente. Solo mi presencia, aunque está ese presentimiento raro de cuando alguien se queda mirándote, y luego esa noción cambia por la de ser ya el momento de al fin irse. ¿Pero a dónde? Muerto ya estoy y no hay más a dónde ir.

¿Habrá una transformación? ¿Renaceré? ¿Podré seguir comiendo papitas con helado? Ah, demasiadas preguntas, pocas respuestas. Y demasiado aburrimiento. Quizá esto no es el cielo y el infierno sea pasar la eternidad abandonado y aburrido en un espacio infinito. Eso explicaría la ausencia de mi anhelado desfile.

Y sin embargo, me encuentro en paz. No hubo una resolución en formato 24 cuadros por segundo (otra de esas mentiras que cuentan sobre el Más Allá), no hubo emoción, ni drama. Solo una añorada y desconocida tranquilidad.

Dejé un buen recuerdo, al menos. Es lo único que podemos dejar, y estoy conforme con ello mas no satisfecho. Después de todo, ¿cuánto puede hacer un chico jugando a ser un hombre a sus veinte y tantos años de vida? Me tiro boca abajo en el inexistente piso (les juro que estar aquí es un desafío mental, demasiado blanco lo confunde a uno) y admiro la inmensa existencia de la nada y el todo.

A lo lejos puedo vislumbrar una sombra, como una silueta. Doy un paso en su dirección, y aún sin saber en dónde estoy, sé que iré a dónde tenga que ir. Al fin, después de tanto tiempo, he encontrado un camino a seguir.

“Este relato participa en el Reto anual: 12 meses 12 Relatos 2021 organizado por De aquí y de allá by TanitBenNajash

Nota del autor:

En esta ocasión no hay mucho que añadir. El relato está inspirado en un suceso de mi vida que enfoque en un What If (lo cual es obvio, de lo contrario no estaría aquí escribiéndolo). Sin embargo, en ese entonces no hubo un enorme blanco, sino todo lo contrario. Afortunadamente, ya que si hubiera ido hacia ese espacio, otro bato estaría narrando esto (?).

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La No-Vida tras el volante

El sol está por perderse en el horizonte y yo, pacientemente, espero su derrota ante la oscuridad. He perdido la cuenta de las tardes en que aguardaba con ansias este momento. Demasiados largos días he vivido ya. Solía pasar las horas con luz en mi solitaria morada, consumiendo todo tipo de programas absurdos para matar el tiempo. Ocasionalmente usaba las noches para alimentarme, vagar sin rumbo por la ciudad y poco más. Quien te diga que nuestra especie vive entre luces neón, música estridente, sexo y drogas te ha mentido descaradamente. Sí, son el grupo más notorio entre los nuestros, pero la mayoría mantenemos vidas tan aburridas y monótonas como las de cualquier mortal. Después de todo, las cuentas no se pagan desmembrando a cuanto servidor público se cruce por tu camino. Y uno se vuelve tan dependiente del Internet como para dejarlo ir.

El punto es: llevaba décadas aislado del exterior y necesitaba un poco de emoción en mi vida. No la emoción de la fiesta, y mucho menos la de ser participe en las incursiones de los míos en el bajo mundo sobrenatural. Quería algo más mundano, que me permitiera conectar con otros como no lo había hecho en vida o en vida. Bendito Internet que me dio la idea. Solo tuve que hacer uso de una de esas apps que usan los humanos modernos  para transportar a desconocidos en sus coches. Tras usar mi bloqueador solar con FPS a turbo potencia, un abrigo para nada acorde al verano y una sombrilla a juego para la ocasión, me registré con mis datos constantemente falsificados (uno tiene que irse inventando descendencia conforme envejece). Afortunadamente, las cámaras del ahora están tan acostumbradas a capturar a puro sin alma que la falta de la mía no fue un problema. Y desde entonces espero paciente (o impacientemente, ya no sé) a que el sol de paso a la noche y así poder vagar, ahora sí con rumbo, por la ciudad.

No te negaré que al principio fue complicado. Los humanos son increíblemente estúpidos. No son capaces de dar su dirección de forma correcta, y mucho menos especificar su destino. Son impacientes, son ruidosos y son desesperados. En mis tiempos la cordialidad estaba por delante y las puñaladas por la espalda. Y a pesar de todo, me encontraba terriblemente fascinado a la espera de uno nuevo. Era una cacería distinta. Llegar al punto de origen e imaginar toda una vida ajena mirando tras la ventana del coche.

Me gustaba crearles historias a esos desconocidos. Maribel era una bibliotecaria santurrona dejada por el marido. Diego, el que engañaba a su novia con su mejor amigo. Cristina, la que traficaba sustancias ilegales en la cocina de su fondista. Cristobal, quién en secreto deseaba ser Cristina. En fin, cientos de vidas que creaba a partir de perfiles vacíos a través de la pantalla y seres con mascaras al subir al coche.

Llegaba, bajaba el vidrio y observa. Uno después de otro, siempre la misma historia:

“Buenas noches, ¿cómo te va? Noche pesada eh. Oye, te ves algo pálido, deberías dormir. ¿No es pesado andar manejando de noche? El clima está bien horrible. ¿Cuánto ganas? Fíjate que yo siempre he querido andar en esto, pero no sé. ¿Ya no los agarra tránsito? Siempre he tenido la fantasía de chupársela a uno mientras manejan. ¿Qué música te gusta? ¿No te aburres?”

Y aunque la letanía de preguntas y proposiciones fuera contante noche a noche, la no-vida se volvía más fácil de llevar así. Un viaje a la vez.

“Este relato participa en el Reto anual: 12 meses 12 Relatos 2021 organizado por De aquí y de allá by TanitBenNajash

Nota del autor:

Este relato está vagamente inspirado en mis días como Uber Driver, como podrán darse cuenta en el parrafo de la letanía de preguntas y comentarios. La gran diferencia es que, en lugar de ponerme a mí como protagonista de la historia, decidí relatar la noche a noche de un aburrido y solitario vampiro mexicano con algo así como 300 años.

#12M12R, #TanitDribs, Relatos

Campamento a las Perseidas

Orión miraba las estrellas, preguntándose por qué siempre encontraba fascinación en ellas. Desde su ciudad no era posible ver gran cantidad de ellas, demasiada contaminación lumínica. Sin embargo, era posible avistar algunas de ellas, sobre todo las de su propia constelación, aquella a quien debía su nombre.

En honor a su cumpleaños, había decidido cumplir finalmente uno de sus más grandes deseos: admirar un cielo despejado, completamente lleno de estrellas. La sola posibilidad de ver la alargada forma de la Vía láctea era algo que por años llenaba de alegría su corazón. Además, sabía que solo tenía que esperar unos cuantos días después de su cumpleaños para poder ver las Perseidas, una lluvia de meteoros muy famosa. Y bueno, también estaba el asunto con Plutón.

No el planeta enano, claro, sino Plutón, su amigo de años atrás. Desde que se conocieron llevaban un trato amable pero no tan cercano para los deseos de Orión, sin embargo él siempre estaba ahí y lo agradecía. Además era la única persona en su círculo cercano en poseer un telescopio. Cuando se enteró de este dato, no dudo ni un segundo en pedírselo prestado para poder ver el evento. Obviamente no lo necesitaría. De hecho, sería un estorbo. Pero de esto Plutón no sabía nada y era el pretexto perfecto para poder pasar tiempo junto a él.

Y así fue, en cuanto Orión le contó de sus planes, Plutón se emocionó como cuando un niño pequeño ve su juguete favorito bajo el árbol de Navidad. Organizaron todo de forma tan rápida que Orion no tuvo tiempo ni de decir Betelgeuse cuando ya se encontraban acampando más allá de Venado, donde sabía que podrían disfrutar de un cielo despejado. 

Y ahí estaba, recostado sobre la hierba mientras admiraba el cielo, mientras Plutón, aquel chico con un nombre tan estelar como el suyo organizaba lo poco que llevaron para pasar la noche. 

Escuchó cómo encendía una fogata e intentaba asar unos cuantos panes en ella, de forma tan inexperta como adorable. No sabía si le gustaba admirar más las pocas constelaciones que conocía o la alargada y torpe figura del muchacho frente a él. Pero ahí estaba, sin conocerlo del todo, y lo agradecía. Porque no era secreto para nadie la particular admiración que le profesaba, por mucho que el otro no se diera cuenta. 

Se sentó cuando Plutón le ofreció un sandwich todo chamuscado, y hablaron sobre música, sobre el verano, sobre la perspectiva del futuro y del cómo se sentían de compartir este momento. Fue durante la charla que Plutón tomó su mano. Nunca creyó poder encontrar tanta suavidad en esa piel dura y callosa, tan contrastante con la suya propia. 

Las Perseidas ya no importaban, eso lo tenía claro. Podía caer un meteorito capaz de destruir a la Humanidad y él seguiría perdido en la mirada tan embobada que tenía frente a sí, tan frente que casi podía contar cada uno de los vellos que conformaban sus pestañas. Recordó esas novelas rosas de su mamá que leía a escondidas, riéndose internamente porque en nada se acercaban a lo que estaba viviendo en esos segundos.

Sus labios se fundieron con los del otro.

Un veloz cometa cruzó el firmamento, adelantándose al deseo aún sin pedir de Orión.

“Este relato participa en el Reto anual: 12 meses 12 Relatos 2021 organizado por De aquí y de allá by TanitBenNajash

Nota del Autor.

Las Perseidas, también conocidas como Lagrimas de San lorenzo, son una de las lluvías de meteoros más prolificas vistas en nuestro planeta. Deben su nombre a la constelación de Perseo, aunque la lluvía no proviene de este lugar, sino del cometa 109P/Swift-Tuttle (cuyo encuentro más cercano con la tierra se prevee para el 15 de septiembre de 4479).

Dicho evento sucede anualmente durante los meses de julio y agosto, con un pico de actividad aproximado antes de la primer quincena de agosto. Orión, protagonista de este relato, cumple años justo a principios de mes, siendo Leo su constelación zodiacal regente, cumpliendo así el objetivo de este relato.

Relatos

Una hermosa mentira.

Tratas de encontrarte, de sentirte. Todo está en orden, te dices. Llegó la hora de comenzar donde lo dejaste la noche anterior, y nada mejor como seguir la rutina de siempre. Café y huevos para el desayuno, leer los chismes del amanecer y ver los memes recién salidos del horno (como tu pan). Contestas tus mensajes de la noche y esperas. El qué y el cómo aún no los sabes, pero esperas su llegada desde hace tanto tiempo. Lo anhelas, como el dulce engaño que te hace seguir adelante.

Basta de suspiros. Tu cuerpo se oxida, lo sientes con cada visita al espejo. Tu mente duerme, ya no es la misma de antes. Tu curiosidad… oh, esa sigue ahí, pero cada vez más tranquila, menos aventurera. ¿Harás algo para enmendarlo? ¡Qué locura! En algún punto aceptarás este apaciguamiento como terminas aceptando sin más cada situación de tu vida. 

Eh, escuchas eso. ¡Suena y huele a mediocridad! Te ríes pues sabes muy bien quién lo dice y por qué lo dice. Y sigues apacible, has aprendido a vivir con esa palabra en tu ser. Solo continuas forzando la sonrisa tan estúpidamente como si la vida fuera a esperarte. El tiempo no espera, es manzana. Y ese mantra te hace seguir. ¿No deberías cambiarlos? Ya no vives en los tiempos donde las limoneras y sus gatos te salvan de multitudes enardecidas. Tic toc, tic toc.

Tu día avanza mientras ocupas tu mente con tareas innecesarias, creyendo que la solución a tus problemas y a tu estilo de vida saldrá del sombrero mágico de un mundo existente en alguna otra dimensión. Esa cabeza tuya, siempre tan fantasiosa, no logrará salvarte cuando la hora final llegue a ti, como aquella de la que alguna vez te salvaste e ingenuamente logró hacerte sentir como uno de los muchos elegidos a quien tanto admiras. Porque al final, de eso se trata todo: de lograr la admiración. Es el término al que más se acerca tu mente cuando tratas de darle forma al anhelo de tu corazón. ¿Es ese tu deseo? No, no lo es. Sigue pensando.

Rebobinas el casete y recuerdas una de tus últimas visitas con tu psicóloga. «¿Cómo vas a lograr llegar a la meta? No basta con visualizar tu llegada, tienes que cruzarla, y para ello debes recorrer el camino». Pero claro, qué va a saber ella. Nadie puede saber cómo funcionas, ¡ni siquiera tú! Engañándote como siempre. Aislándote mientras fantaseas con ese mundo mejor, hecho ingenuamente a tu medida. Es una espiral que te lleva a la perdición, pero el paisaje es hermoso, ¿no lo crees? Y ahí está, una distracción más. Recurres a ellas desde hace tanto tiempo ignorando el por qué de recurrir a ellas, siendo tu dulce consuelo. 

La música de fondo suena. Tarareas, dejándote llevar por ella. Es esa tonada indefinida la que te ha hecho sobrevivir a las oleadas del autodesprecio, emanadas constantemente por el monstruo que te devuelve la mirada al otro lado del espejo. Un coro de mujeres, un piano, el recuerdo de unas perlas cayendo al suelo mientras tus miedos toman la aterradora forma de un demonio alado habitando en la oscuridad de tu alma. ¿En qué momento se fue todo al carajo?

Tratas de llorar, mas las lágrimas no salen. Has olvidado cómo expresar tu tristeza. Y no solo eso, tampoco sabes cómo sentir la verdadera alegría. Ya nada te satisface. Te sientes tan vacío esperando llenarte de cualquier emoción, aún siendo ésta negativa, que ignoras cuán lleno de huecos se encuentra el recipiente de tu espíritu. Todo mundo sabe vivir sus vidas, mientras esperas saber cómo manejar la tuya.

Y es entonces que el vacío toma forma. Y caes en él, creyendo estar listo, sin preguntarte si tu alma lo está.

Caes.

Caes.

Caes.

No puedes respirar.

La oscuridad te asfixia.

Empiezas a saborear como…

Espera, ¿qué estás haciendo? Debes perderte en el abismo, ser uno con él y… ¿acaso pretendes aún tener esperanza? ¡¿No te has cansado de intentar y siempre fallar por tu propio desinterés?! Nadie espera nada de ti, a ese punto has llegado. No hay motivos para tomarse la molestia. Puedes seguir cayendo. Seré compasivo, te daré el perdón. Es tu única necesidad, sólo tienes que pedirlo.

Tu cuerpo se estremece con la decisión tomada. Cada célula en tu interior rechaza ese sentimiento de seguir adelante. Después de todo, estás tan acostumbrado a la pasividad que les toma por sorpresa. Pero vamos a darles algo de aliento.

Eres el villano en tu propia historia, pero dentro de ti se encuentra el héroe destinado a derrotarlo. Vas a meditar un poco al respecto, tratando de encontrarle sentido a tu accionar. Deberás salir del mar, aunque nunca hayas aprendido a nadar. Repítelo hasta creerlo. Salir de tu oscuridad interior no será sencillo, pero es un trabajo que debe realizarse. Esta vez no hay margen de error. 

Quizá ahora no puedas sentir tu dolor, pero sí tu mortalidad. El tic tac suena otra vez. Es hora de recordar quién eres, de buscar el significado de ser un humano. Dile adiós al monstruo. Mátalo junto a tu pasado. ¿Qué es contradictorio buscar su muerte a pesar de querer reconectar con ese otro yo? Bueno, pues el mundo sólo tiene sentido si lo fuerzas a tenerlo. Convierte eso en tu nuevo mantra. Seré el monstruo en tu reflejo, pero solo soy lo que me permites ser. Al final, de eso se trata todo. 

Despiertas del sueño y das un paso hacia la luz.

Hacia una hermosa mentira.

“Este relato participa en el Reto anual: 12 meses 12 Relatos 2021 organizado por De aquí y de allá by TanitBenNajash

Nota del autor

Debo admitir que una de mis escenas favoritas de Wonder Woman 1984 fue su victoria sobre Max Lord. Sin hacer uso de la violencia explicita a la que uno está acostumbrado en películas de superhéroes, el personaje interpretado por Gal Gadot da un poderoso discurso a la humanidad sobre la perdida y cómo enfrentarse a la realidad y al miedo, acompañado del tema musical Beautiful Lie compuesto por Hans Zimmer. Dicha escena fue la inspiración de este relato, al cual le añadí bastante de mi experiencia personal y logré, si no una versión retorcida de ese discurso, al menos una forma de enfrentarme a mí mismo y “mis demonios”.